Historia
de Nuestros Himnos
Aurelio
Clemente Prudencio (348-413)
En España
y Roma durante el Imperio Romano, vivió uno
de los primeros poetas cristianos, Aurelio Prudencio.
Fue un próspero magistrado y luchó contra
la idolatría y los sanguinarios juegos de los
gladiadores. A los 57 años se dedicó a
escribir libros teológicos e himnos, como el
himno “Fruto del amor divino”, que exalta
a Jesucristo. Originalmente en Latín, los cristianos
han cantado este hermoso canto llano en diversos idiomas
por mas de un milenio y medio.
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Isaac
Watts (1674-1748)
Isaac Watts bien
merece el título “Prócer de la himnodia”.
Comenzó a escribir poesías a temprana edad,
y a los cuatro años aprendió el latín,
y siguió con el griego, el francés y el hebreo.
Un día
el inquieto niño de cinco años no podía
contener la risa, aunque se estaba celebrando un culto
solemne. Al demandarle su papá la razón,
le explicó que había visto un ratoncito subir
por un lazo y al instante se le ocurrió una poesía
alusiva. No sospechaba ni el padre ni el niño que
esta gran facilidad para escribir versos se convertiría
en un ministerio grandemente usado por Dios.
En Inglaterra
se acostumbraba cantar solo salmos con música muy
lenta. A los 18 años, Watts se quejó de esta
situación. Bueno, le contesto su padre, anciano
de la iglesia, danos algo mejor. Fue así que escribió el
primero de más de 600 himnos y
abrió la puerta al canto congregacional. A pesar de su mala salud,
Watts editó tres himnarios y escribió 60 libros sobre diversos
temas teológicos y científicos.
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Compuso los himnos “Al
trono majestuoso”, “Nuestra esperanza y protección”, “Venid,
nuestras voces unamos”, “Al mundo paz”, “La
cruz excelsa al contemplar” y “A Dios,
naciones, dad loor”. |
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Martín
Lutero (1483-1546)
El caballero de
Erback, en cierta madrugada primaveral, preparaba una emboscada para
capturar al reformador Martín Lutero. De
pronto su habitación en el mesón fue invadida
por una resonante voz que desde el siguiente
cuarto entonaba un salmo. El caballero concluyó que
el cantante debía ser un capellán,
así que decidió pedir su bendición
para la campaña contra los “herejes”.
Tocó a la puerta y explicó su
misión. El hombre le contestó:
Si a Lutero buscas no tienes que ir muy lejos. ¡Yo
soy Lutero! El caballero no podía
creer que un hombre con tal devoción
fuera “ hereje”. Le demandó la
razón de sus convicciones y habiendo
sido persuadido por las pruebas bíblicas, se convirtió en un seguidor de Cristo
y defensor del reformador.
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Lutero
impulsó la
música cristiana y promovió el canto congregacional.
Se le ha llamado “el padre de la himnodia evangélica”.
Escribió varios himnos de los cuales el más
conocido es “Castillo fuerte
es nuestro Dios” |
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La
hermosa visión de la cruz. El destacado poeta
guatemalteco, Raúl Mejía González,
llegó a ser conocido como el borracho de su pueblo,
Chiquimula, debido al vicio del licor. Atormentado por
alucinaciones de ser perseguido por el diablo, un día
le pareció oír que Satanás le condenaba
eternamente y que se encontraba sin esperanza. Su pánico
fue tal, que cayó sin fuerzas. Al rato pudo levantarse
y corrió a la casa de un misionero evangélico
gritando. ¡Socorro! ¡He visto el infierno!
Después de leer algunos pasajes de la Biblia y entender
el mensaje de salvación, Raúl recibió a
Cristo por la fe y su vida fue transformada. Escribió el
himno “La hermosa visión” como
su testimonio personal. |
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Charles Wesley
(1707–1788)
El
penúltimo
hijo de una familia de 19 hijos, Charles fue uno de los instrumentos
humanos, junto con su hermano, John, que Dios usó para
impulsar el Gran Avivamiento que transformó Inglaterra.
Su primer intento de evangelizar a una tribu de indígenas
en Norteamérica fracasó, pues los hermanos Wesley
predicaban, pero realmente no conocían
a Dios personalmente. De regreso a su país,
se dieron cuenta de su necesidad espiritual
durante una reunión de oración
y se convirtieron al Señor. De allí en
adelante predicaron con fervor, usando la música también
para comunicar el mensaje bíblico.
Charles fue el autor de más
de 6.500 himnos, algunos de los cuales cantamos
hoy, tales como “Oh que tuviera”, “Maravilloso
es el gran amor”, “Oid un son
en alta esfera”, “Cariñoso Salvador” y “Con
las nubes viene Cristo”.
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William Cowper
(1731-1800)
Hace más de 250
años William Cowper nació en
Inglaterra. Su padre fue el capellán del
Rey Jorge II y su madre era de la familia real. A pesar de
esto, la vida del joven Cowper no fue
feliz. A la edad de seis años su delicada
salud se empeoró con la muerte
de su madre. Su padre le obligó a estudiar leyes,
pero al enfrentar los
exámenes finales sufrió una crisis nerviosa. Intentó suicidarse
varias veces: tomó una sobredosis
de droga, quiso tirarse de un puente y
se abalanzó sobre un cuchillo. Por fin trató de
ahorcarse, pero lo rescataron a tiempo y fue internado en un sanatorio.
Allí, William
descubrió el capitulo 3 de Romanos,
y las palabras, “siendo justificados gratuitamente
por su gracia mediante la redención…que
es en Cristo Jesús…por medio de
la fe en su sangre”. Entendió que Cristo fue
crucificado por él, y recibió el perdón de sus pecados.
Llegó a ser amigo
y colaborador del ilustre John Newton y se destacó como
uno de los mejores poetas de su época.
Hoy se le recuerda por sus grandes himnos entre los que se encuentra “Hay un Precioso Manantial”.
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William B. Bradbury (1816-1868)
Este compositor es especialmente
conocido por su amor a los niños. A través
de su vida se dedicó a formar coros infantiles,
hasta de 1.000 voces para alabar a Dios. Siempre muy
activo, William fabricaba pianos y logró que se
incluyera la música en el programa de las escuelas
públicas de su ciudad. Escribió 59 colecciones
de cánticos, introduciendo un nuevo estilo sencillo
y alegre que Él había conocido en un viaje
a Suiza. La música de “Cristo
me ama, me ama a mí” es obra de Bradbury.
Los niños de todo el mundo lo cantan en diversos
idiomas. Entre los músicos es conocido con el
título de “China” porque usa sólo
5 notas (Escala Pentatónica), y por lo tanto,
el coro ha sido muy apreciado por la niñez de
Asia.
Escribió la música
para los himnos “Santo, Santo,
Grande Eterno Dios”, “Cristo cual pastor”, “Tal
como soy”, “Me guía Él,
con cuanto amor”, “No te dé temor hablar por Cristo” y “Dulce oración” entre otros.
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William
Robert Adell (1883-1975)
El joven agricultor laboraba de muy
buena voluntad para sostener a su madre. Con el tiempo,
llegó a ser maestro albañil y tuvo
la oportunidad de servir como misionero en Guatemala junto con su señora.
Dios usó a Roberto para escribir
materiales para la escuela dominical y para traducir o componer
unos 200 himnos en español, entre ellos “Maravillosa
Gracia” y “Oh, amor de
Dios”.
Al final de su vida, ya ciego, escribió el
siguiente testimonio: “Considero que todo lo
que he hecho es muy ordinario, excepto mi servicio para
Dios.
Con todo, hoy parece ser muy poco.
Pero muero consciente de que ‘Por la gracia
de Dios soy lo que soy’. En esta
transición voy con gozo a su presencia, caminando con
mi Salvador a la mansión de mi
Padre celestial”.
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Speros
D. Athans (1883–1969)
A los quince años de edad,
Speros abandonó su
hogar en Grecia, ya que su padre había muerto.
El joven viajó por varios países y
en una sala de inmigraciones le obsequiaron un
Nuevo Testamento en griego. Fue el
principio de una vida de estudio de la Biblia. Athans llegó a
ser muy apreciado en el mundo hispano
como profesor, pastor y escritor. Editó el
himnario Melodías Evangélicas
y tradujo más de 150 cánticos
cristianos, entre ellos los himnos “Mi
vida di por ti”, “Yo quisiera hablarte del amor de Cristo”, “Qué bella
historia” y “Cristo es mi
dulce Salvador”.
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H.C. (Enrique) Ball (1896 –1989)
Enrique Ball nació en Texas
y a los 18 años empezó a trabajar en la obra
con hispanos. Al mismo tiempo, traducía sus himnos
predilectos al español. En 1916 publicó “Himnos
de Gloria”. Este fue el primero de varios himnarios
que compiló. Ball solía decir que las traducciones
de los himnos le vinieron por la iluminación del
Espíritu del Señor. Los himnos “Por
fe contemplo redención”, “A los pies
de Jesucristo”, “Oh, yo quiero andar con Cristo”, “Soy
yo soldado de Jesús”, “Un día
Cristo volverá” y “Alabanzas dad a Cristo” fueron
traducidos por él.
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Yo cantaré de mi Jesucristo.
El famoso músico Philip Bliss
viajaba en ferrocarril hacia Chicago con su esposa en el frío
invierno de 1876. De repente, al pasar sobre un puente, éste
se desplomó y arrojó a
los pasajeros al abismo. Bliss logró escaparse
por una ventana, pero retornó al carro
que ya se consumía por el fuego, para rescatar
a su señora. Ambos perecieron, junto
con otras 100 personas. En el viaje él
había escrito el himno “Yo
cantaré de mi Jesucristo” y fue hallado
entre los escombros. A los 38 años
escribió este último
himno, muy usado en las campañas evangelistas
de ese entonces; pero su mensaje ha tocado miles de corazones
durante más de un siglo.
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Arturo Borja Anderson (1887-1983)
Don Arturo fue un hombre de muchos
talentos: artista, poeta, alcalde, escritor y
pastor. Desde su conversión a la edad de 17 años,
sintió una pasión por comunicar la verdad
divina. Comenzado en el altiplano guatemalteco; predicó elocuentemente
en español, como también
en el idioma Cakchiquel. Al trasladarse a la ciudad capital
no sólo sirvió en el
pastorado, sino que continuó produciendo
poemas, diálogos cristianos, dramas navideños e himnos.
Escribió el himno “Con
Alegres Corazones” como
una muestra de gratitud a Dios por la vida
que le dio. Su poesía expresa una gran fe en
el Cristo resucitado. Fue llamado a la presencia de Dios a la edad de 95 años.
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Cuan grande es Él.
Un soleado día en 1885 el
pastor y senador sueco, Carl Boberg, regresaba de una
reunión. Se encontraba caminando por el campo cuando
súbitamente fue alcanzado por
una tormenta veraniega. Al refugiarse entre unos árboles
mientras escampara. Boberg, reflexionó en
la grandeza de Dios, y así nació “Cuán
grande es Él”. Fue traducido
al alemán en 1907 y luego llevado a Rusia
en 1912, 5 años antes de la Revolución.
Un misionero inglés, Stuart K.
Hine, lo aprendió en ruso y lo tradujo, agregando
la cuarta estrofa en 1948, y luego fue traducido al español
en 1958, por un argentino.
La primera y tercera estrofas se
basan en el himno original de Boberg, la 2ª nació es Rusia,
y la 4ª en Inglaterra. A través de 70
años y 5 idiomas nos ha llegado este majestuoso
himno que une los corazones del pueblo de Dios, sin
fronteras, para alabar al Creador Omnipotente.
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Hay un Canto Nuevo en mi Ser.
Sin sospechar que estaban en víspera
de una tragedia, el joven predicador llegó con su familia
a la casa de sus suegros, pues iba a predicar en una campaña
evangelística en ese pueblo.
La reunión familiar fue gozosa y sus hijos
jugaron felices con sus abuelos. En la noche todos sea acostaron cansados. Más tarde
un vecino se despertó y vio la
casa envuelta en llamas. Corrió al rescate, pero
sólo
salieron con vida el padre con los abuelos.
Pese a los esfuerzos, la madre con sus tres hijos murieron
asfixiados. El viudo Luther Bridgers,
no pudo comprender tan terrible pena, pero se afianzó en
las promesas de Dios en la Biblia.
El Señor le dio un
cántico en la noche oscura de su duelo y
la verdad del salmo 42 se refleja en el himno “Hay
un canto nuevo en mi ser.” Además
de escribir varios himnos, Bridgers también
le sirvió al Señor como misionero en Bélgica, Checoslovaquia y Rusia.
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Oh, pueblecito de Belén.
En la Navidad de 1865, un joven
ministro se encontraba en los cerros de Israel donde se
cree que los ángeles dieron la grata noticia
a los pastores. La experiencia conmovedora
de esa noche inspiró a Phillips Brooks
a escribir “Oh, pueblecito de Belén” para
los niños de su congregación. El organista
de su iglesia compuso la música
para este himno, el cual ha llegado a ser uno de los predilectos
para la época navideña.
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Juan Bautista Cabrera (1837-1916)
Desde su infancia, Juan Bautista
Cabrera sentía
gran sed espiritual, y a los dieciséis años
ingresó a una orden religiosa. Estudiaba
la Biblia en secreto, pues era prohibido en
esa época en España. Huyó a Gibraltar
donde recibió a Cristo como Salvador personal,
a su amigo y eterno bien, como dice el himno que tradujo “Cuan
Dulce el Nombre de Jesús.” Con
gran gozo y paz regresó a España para
compartir su fe por medio de revistas, la predicación
y la música. Mientras organizaba
iglesias, también publicaba himnarios y daba
clases de canto. Se radicó en Madrid, donde
ocupó importantes cargos de liderazgo
en la obra evangélica. Sin embargo, hizo
su contribución mayor en el área de la
himnodia cristiana, ya que sus himnos han sido de bendición
para un sin número de creyentes.
Cabrera aparece como el compositor
o traductor de muchos himnos. Tradujo los himnos “Santo,
Santo, Santo”, “Castillo
Fuerte”, “Al trono majestuoso”, “Venid
fieles todos”, “El Señor resucitó”, “A
Jesucristo ven sin tardar”, “De la Iglesia
el
fundamento”, “Grato es decir la historia”, “Dulce
Oración” y “Firmes y Adelante” entre otros
y escribió la letra de “Nunca Dios mío”, “Suenen
dulces himnos”, “Gloria a Dios en
las Alturas”, “Amémonos, hermanos” y “Supremo
Dios”.
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Pedro Castro Iriarte (1840–1887)
El joven trabajaba como cajista en
una imprenta cuando llegó un
pedido de imprimir los
primeros folletos evangélicos en Madrid. Mientras
armaba cada frase, letra por letra, el
mensaje de la literatura le llamó la atención
a Pedro Castro. Por ese tiempo Antonio
Carrasco y dos ingleses empezaron a tener reuniones evangelísticas
en la imprenta todas las mañanas.
Contestaron las inquietudes del joven con
respuestas bíblicas. Así, Pedro conoció el
Evangelio y empezó una vida de servicio al
Señor. Fue un hombre de letras, pasando del oficio
de imprenta a ser un escritor y poeta
muy respetado. Produjo abundante prosa y poesía,
y sus bellos cuentos para niños
tienen la calidad de los clásicos. Fue,
además, autor y traductor de mucho himnos
favoritos en España y las Américas.
Tradujo el himno “Santa Cena” y Compuso los
himnos “Despertad” y “Pecador, ven
a Cristo Jesús”. Sirvió fielmente
como pastor durante una época
difícil de persecución y revolución. Dios
lo usó para organizar la primera iglesia en Valladolid
y nuevas congregaciones en Madrid.
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Alfredo Colom M. (1904-1971)
Prolifero autor de himnos y poemas,
Alfredo Colom nació en
Quezaltenango, Guatemala, en 1904.
Llegó a ocupar un cargo de servicio
público, pero el vicio del licor arruinó su
vida. Iba camino a suicidarse cuando un creyente indígena
le regaló un Nuevo Testamento
y se convirtió a Cristo en 1922.
20 años más tarde se entregó al servicio
del Señor y empezó el ministerio de
música y evangelización que le llevó a
todo el continente. Trabajó varios
años con la Radio
HCJB y compuso algunos de los himnos latinoamericanos
más amados, entre ellos “Por
la mañana”, “Gloria a tu nombre”, “Jesús
es la roca”, “De tu cántaro dame”, “Pies
divinos”, “La visión de la cruz”, “Manos
cariñosas”, “Ven
a los pies de Jesús”, “Canten
con alegría”, “Los que esperan en
Jehová”, “Yo
no quiero pecar”, “Los
que con lágrimas”, “¿Has oído
Señor?”, “A la
victoria Jesús nos llama”, “Proclamad
juventud redimida” y “América será para
Cristo”.
Él narró la creación
del Himno “Por la
mañana yo dirijo mi alabanza” de la siguiente forma: “Una
mañana al despertar, mirando el
maravilloso espectáculo de la salida del
sol por la Avenida Bolívar en la ciudad capital
de Guatemala, no pude menos que
prorrumpir en alabanzas a Dios por todos sus beneficios.
Así me
fue inspirada la primera parte
del himno. En otra ocasión, mientras
me deleitaba en la caída de la
tarde, noté que mientras el sol se iba perdiendo
en el ocaso, las tinieblas estaban
llenando el firmamento. Y dije: Sí, el sol se está ocultando,
pero mi amado Redentor continúa
llenando mi corazón con su grata
presencia. Y en el acto mismo, me vino la
inspiración de la segunda estrofa del himno.”
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Fanny J. Crosby (1820-1915)
La abuela mecía a su pequeña
nieta, prometiéndole
ser sus “ojos”. La recién nacida había
quedado ciega como resultado de una receta médica
equivocada. En el regazo de su abuelita,
Fanny aprendió de memoria muchos libros
de la Biblia. Le entregó su vida a Cristo
a los 31 años. Después, con todo el
conocimiento bíblico que tenía, escribió unos 9.000 himnos.
Siempre oraba al Señor pidiéndole
su dirección
antes de escribir cualquier himno, pero un
día no encontraba las palabras para cierta composición
musical que le habían asignado.
De repente se acordó que no había
orado y se arrodilló para encomendarle el asunto
a Dios. El resultado feliz de la oración fue
que Fanny pudo dictarle a su secretaria
todas las estrofas del himno “Lejos de mi
Padre Dios”.
En cierta ocasión, alguien
quiso consolarla por la tragedia de ser ciega. Ella respondió que
no se lamentaba, pues al llegar al cielo el primer rostro
que vería sería el de su Salvador.
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| Compuso la letra de los himnos “Santo,
Santo, grande eterno Dios”, “Alabad al gran Rey”, “Dime
la historia de Cristo”, “Con voz benigna te llama
Jesús”, “Comprado con sangre por Cristo”, “Un
gran Salvador es Jesús”, “En Jesucristo
mártir de paz”, “Cristo es guía
de mi vida”, “Dejo el mundo y sigo a Cristo”, “No
te de temor hablar por Cristo”, “Avívanos
Señor” y “Yo
podré reconocerle” entre otros. |
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Juan N. de los Santos (1876–1944)
Juan Nepomuceno amaba mucho los salmos
de la Biblia. Al leerlos, recordaba que David,
Moisés y Salomón habían cantado
esas porciones de las Escrituras junto con el pueblo
de Dios. Como pastor, Juan anhelaba que su iglesia también
cantara la Palabra del Señor, de modo que empezó a componer música
para salmos métricos.
Colaboró en la compilación
de varias colecciones, incluyendo Cantos Bíblicos,
un himnario usado en México por
varias décadas.
Además tradujo más de mil himnos y fue autor de otros como es el caso del himno “Gracias dad
a Jesucristo”.
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Raúl Echeverría
M. (1905-1981)
El pastor y educador guatemalteco Raúl
Echeverría se gozaba al ver el adelanto de su nueva
iglesia. Dios les había permitido muchos triunfos,
incluyendo el haber ganado un concurso internacional de asistencia
a la escuela dominical. A fin de expresar su gratitud al
Señor, Raúl compuso varios poemas e himnos
para usarse en las ocasiones especiales de su iglesia, entre
ellos “Un año más” y “Mi
iglesia querida”. Su pluma ágil también
produjo numerosos tratados y varios libros.
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Tú dejaste tu trono
Se aproximaba la Nochebuena y el pastor
buscaba algo especial para las festividades en
la iglesia. ¿Cuál no sería su gozo
al saber que su hija, Emily, había escrito una poesía para
la ocasión? basada en Lucas 2:7 “...no
había lugar para ellos en el mesón” ,
la poesía llegó a ser
el himno, “Tú dejaste
tu trono”. Al tomar la pluma y el papel, Emily no
se imaginaba que algún día sus versos serían “especiales” también
en la celebración navideña
en docenas de países. Así como
ella, hoy día nosotros podemos escribir versos a Jesús.
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Fritz “ Federico” Fliedner (1845–1901)
Federico usó muchos medios
para compartir el amor del Señor. Uno de los primeros misioneros
evangélicos de Alemania. Llegó a
Madrid en 1870 y trabajó incansablemente entre
las iglesias. Fue director de un orfanato y un instituto
bíblico, y fundó diez escuelas primarias.
Trató de unir las nuevas congregaciones
del país
y logró que muchas se afiliaran como la
iglesia Evangélica Española. También
dirigió una casa editorial que publica libros, tratados
e himnarios, y fundó dos revistas. Tradujo
varios himnos entre ellos “Alma
bendice”, “De
boca y corazón”, “Oh
santísimo” y “Oíd un son en
alta esfera” y “Noche
de Paz”. A pesar de sus múltiples actividades
no descuidó a la familia, y sus tres hijos continuaron su obra.
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Tomás García (?– 1906
)
Como pastor mexicano del estado de
Puebla, Tomás fue
muy activo en la obra, atendiendo
a varias congregaciones. Al igual que su compañero
de estudios, Vicente Mendoza compuso
y tradujo himnos. Siendo aún
joven, fue asesinado por un drogadicto. Moribundo, llamó a
los ancianos de su iglesia y los exhortó a
ser fieles a Cristo. Así entró a
la presencia de Jesús su Señor,
su “gloria eterna”, como expresa
el coro del himno “Lejos de mi Padre Dios”, himno que tradujo Tomás.
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Leandro Garza Mora (1854-1938)
Experiencias amargas marcaron la niñez
y juventud de Leandro Garza. Tenía solo cinco
años
cuando su padre falleció, obligando a
su madre a sostener la familia. Pasaron por
penurias y problemas. Cuando al fin ella volvió a
casarse, el joven Leandro se disgustó.
Se fue de la casa y cayó en malas costumbres.
Con el tiempo regresó y la familia
entabló amistad
con unos misioneros evangélicos.
Recibieron el mensaje de salvación y
Garza ayudó a establecer una iglesia en su pueblo,
Matamoros, México. Llegó a ser
pastor y traductor de himnos, sirviendo al Señor
durante 70 años. Tradujo el himno“
Oh qué amigo nos es Cristo”
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Pedro Grado Valdés (1862–1923)
Durante sus estudios de derecho, Pedro
Grado se dio cuenta de la falta de pastores en México.
Se dedicó al pastorado, a la vez
que ayudaba a la gente de escasos recursos con
sus problemas legales. Como resultado de su ministerio,
muchos llegaron a conocer a Cristo
como Salvador personal, entre ellos, personas de “alto
nivel social”. Debido a esto
se desató una persecución intensa en contra
de Pedro. Sufrió varios atentados en contra
su vida, incluso por veneno. El Señor lo libro
de los peligros y el valiente y fiel pastor
expresó su agradecimiento en las palabras de
unos himnos, publicados en sus Pequeña
Colección. Es conocido por su traducción
de favoritos tales como “Dulce Comunión”, “En la cruz”, “Anhelo
trabajar” y “Estoy bien” y “Cuando
andemos con Dios”.
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Noche de paz
Todo comenzó una tarde de Nochebuena
en Austria. José Mohr
había pasado horas escribiendo
en el pequeño despacho de su iglesia desde
que el organista le había avisado que el órgano se encontraba fuera de servicio.
Por fin llevó el papel al músico,
Franz Grüber,
quien exclamó, ¡Pastor Mohr, son las
palabras perfectas! En poco tiempo Grüber
les agregó una sencilla
melodía y juntos pudieron entregar su“
regalo Navidad ” a la pequeña congregación;
cantando el nuevo villancico acompañados con la guitarra de Grüber.
Los años pasaron con la partitura
guardada en el asiento del órgano, hasta que un
día lo descubrió un
técnico que afinaba el órgano
de Oberndorf. Él quedó encantado con el villancico
y lo llevó a otros pueblos. Por
fin el emperador Federico Wilhelm IV lo escuchó,
y tanto se entusiasmó que ordenó que
se cantara en todas las iglesias del imperio ese año.
Desde entonces, no ha sido necesario ningún edicto para que “Noche
de Paz ” sea cantado en el mundo entero.
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Grato es decir la historia.
La autora de este conocido himno es
Catherin Hankey, hija de un acaudalado banquero inglés.
Desde temprana edad ella demostró un
celo por compartir las Buenas Nuevas. Llegó a
organizar clases de escuela dominical en varios barrios
de Londres, tanto para gente obrera
como para personas de alta posición social.
Un viaje al continente africano despertó en
ella un gran amor por la obra misionera. A los 30 años
de edad se enfermó gravemente,
y durante su recuperación
escribió un largo poema sobre la vida de
Cristo. Su profundo amor por el mensaje de la Biblia se
refleja en el himno que surgió de dicho poema: “Grato es decir la historia”.
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Que mi vida entera esté.
Hija de una distinguida familia inglesa,
Frances Harvergal usó sus talentos como lingüista,
poetisa y compositora para la gloria del Señor.
Se deleitaba en la oración, la adoración
a Dios y la lectura de la Biblia. A temprana edad sabía
de memoria los salmos, los libros
de los profetas menores, Isaías
y casi todo el Nuevo Testamento. Compuso
varios bellos himnos como “Mi vida di” y “Que
mi vida”. Este último fue escrito
durante una velada de oración y alabanza cuando
se regocijaba por la conversión
de unos amigos. Más tarde añadió otra
estrofa, expresando el amor que sentía por el Señor
al ofrendar 50 de sus 52 atesoradas
joyas para llenar una necesidad en la obra misionera. La estrofa
dice: “Toma tú mi amor que hoy a tus
pies vengo a poner; toma todo lo que soy”.
Para Frances, el dar su corazón
a Dios incluida la entrega gozosa de sus pies, manos, voz, tiempo y voluntad de su vida entera.
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Santo, Santo, Santo.
Se ha dicho que es el himno más
hermoso y majestuoso de todos los tiempos y que hasta
en el cielo se seguirá cantando. Por cierto,
los cuatro seres descritos en Apocalipsis
4:8 permanentemente pronuncian: “Santo,
Santo, Santo”. El nombre de
la tonada viene del Concilio de Nicea, donde 318 delegados
se reunieron en el año 325
para afirmar la sublime verdad revelada en la Biblia, que
Dios existe en tres personas. Los
delegados en su mayoría habían
sido torturados por su fe en Cristo.
El credo que redactaron permanece como un baluarte de esta
doctrina fundamental. El
autor del himno, Reginaldo Heber, misionero inglés,
murió sirviendo al Señor en la India.
A las voces de estos hombres convencidos y valientes, unamos
las nuestras cantando “¡Santo!, ¡Santo!, ¡ Santo!"
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Arcadio Hidalgo Sánchez
(1918-1990)
La vida de Arcadio reflejó el
gozo en el Señor
a pesar de sufrir un defecto físico que le
dejó con una cojera marcada. Esta condición
no le impedía caminar muchos kilómetros,
a veces por trochas llenas de fango, para evangelizar en
apartadas regiones de Costa Rica. Cantaba
y declamaba su extenso repertorio con gran gusto y amenizaba
actividades sociales con juegos y chistes. También
se le recuerda con aprecio por sus himnos
y poesías; una de estas es “En
este mundo de misterio”.
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William J. Kirkpatrick (1838-1921)
Desde muy joven William sintió vocación
por la música, y a los veintiún años
de edad ya había editado su primera
colección de himnos.
Sin embargo, no fue sino hasta cumplir los
cuarenta años que pudo dedicarle todo su tiempo
a la profesión musical. Tuvo que prestar servicio militar, y luego trabajó como carpintero,
y abrió una mueblería.
Seguramente cantaba mientras pulía
madera, y las melodías
que compuso a lo largo de su vida
han perdurado como favoritas. Compuso la música
de los himnos “Al rústico pesebre”, “El
fiel Consolador”, “La
Palabra del Señor”, “Nuestra vida
acabará” al
cual también es autor de
la letra, “Comprado con
sangre por Cristo”, “Un gran Salvador es
Jesús”, “Mi fe descansa en Jesús”, “Cuán
dulce es confiar en Cristo”, “Que
mi vida entera esté” y “Rey
de mi vida”.
Falleció mientras escribía la segunda estrofa
de un himno que habla de confiar solamente en Jesús para
la salvación.
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Eugenio Jordán (1920-1990)
Eugenio y sus nueve hermanos crecieron
en el mundo de las bellas artes. Él optó por
dedicarse al violín y a la marimba.
A los veinte años estaba tocando en una banda de jazz, sin
interés en nada espiritual. Sin embargo, aceptó la
invitación de asistir a una reunión en una iglesia
y como consecuencia, Dios lo transformó. Eugenio entendió inmediatamente
que el Señor lo estaba llamando a ser misionero. Él
resistía el llamado, pues había nacido con un defecto
que le dificultaba hablar. Pero al ver la respuesta de Dios a Moisés
en Exodo 3:4 y 4:10-12, Eugenio dijo: “Heme aquí,
Señor”. Fue el comienzo de una vida de ministerio
junto con su esposa, Ruth. Este se extendió por varios países,
mayormente con la emisora HCJB en el Ecuador. Se les recuerda por
su deseo de glorificar al Señor con su música, compartiendo
las Buenas Nuevas gozosamente.
Arregló la música de
los himnos “Celebremos su gloria”, “Jesús
es la roca de mi salvación” y “Oh,
que inmenso amor”.
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Vicente Mendoza P. (1875-1955)
Hijo de un tipógrafo evangélico,
Vicente empezó a
trabajar en las imprentas desde los once
años. Más tarde decidió asistir
a un instituto bíblico, y después sirvió al
Señor como pastor itinerante en el Estado de Puebla, México.
Desde sus días de estudiante
había comenzado
a traducir himnos al español y a escribir
la música y letra para otros, hasta llegar
a tener más de 300. Publicó el himnario,
Himnos Selectos, en 10 ediciones.É
l contó que su himno, “Jesús es mi Rey
soberano”, fue inspirado durante un fuerte aguacero.
Como no pudo salir a la calle, empezó a
tocar el piano. Pensando en la maravillosa
verdad que Jesucristo es a la vez Rey soberano y amigo anhelando,
trazó las líneas del precioso
himno, y lo terminó ese
mismo día. Llegó a ser profesor
de un seminario evangélico
y ayudó en la obra del Señor con verdadero
gozo hasta la edad de 80 años.
Tradujo
los himnos “Loor a ti”, “Maestro
se encrespan las aguas”, “El fiel Consolador”,“
Santo Espíritu controla”, “¡Cuán
firme cimiento!”, “Todas las promesas”, “Cuán
glorioso es el cambio”, “A su Nombre gloria”, “Del
santo amor de Cristo”, “¡Cuán
dulce es confiar en Cristo!”, “Que
mi vida entera esté”, “Dejo
al mundo y sigo a Cristo”, “A solas al
huerto yo voy”, “En presencia estar de Cristo”, “Gloria
sin fin” y “Después de haber
tenido aquí” y compuso los himnos “Oh
padre, eterno Dios” y “Mensajeros del
Maestro”.
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A solas al huerto yo voy.
El fotógrafo, Agustín
Miles, relató: La Biblia se abrió a mi pasaje
favorito, Juan 20: el encuentro de Jesús y María
Magdalena. Allí en el huerto, aquel domingo de la
resurrección, ella cayó de rodillas ante
el Señor. Mientras yo leía sentí como
si hubiese estado presente en aquel jardín. La porción
le hizo tal impacto a Miles, que pronto comenzó a
escribir una poesía. Luego le agregó música
con la misma facilidad. La experiencia de adoración
y comunión se repite a diario en la vida de toda
persona que conoce al Cristo resucitado. También
podemos “oír su voz” diciéndonos
que somos suyos. Esa comunicación nos llega por
medio de la Palabra escrita de Dios, la cual nos llena
de paz.
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Del santo amor de Cristo.
El hijo de la señora Lelia
N. de Morris se preocupó al
darse cuenta de que su madre se estaba
quedando ciega. Mientras atendía su hogar,
ella siempre tenía papel y lápiz en la
cocina para anotar las palabras de nuevos himnos. Como
la vista ya le fallaba, su hijo le
construyó un pizarrón de 9 metros de largo
en el cual ella podía trazar notas y letras
muy grandes.En 1914 Lelia quedó completamente
ciega, pero esa difícil circunstancia no le apagó su gozo
en el Señor, ni se deseo de servirle. Siguió colaborando
en la obra de su iglesia y fue una
esposa y madre ejemplar. Le gustaba hablar acerca del santo
amor de Cristo, y esto
llegó a ser el título de uno
de sus himnos más apreciados “Del santo amor
de Cristo”. El coro dice “Rico e inefable,
nada es comparable al amor de mi Jesús”.
Aún cuando empezó a escribir hasta
los treinta años de edad, nos dejó más
de mil himnos que nos animan a seguir a Cristo
con valor, sin desmayar en medio de los conflictos y contratiempos
como el himno “¡A combatir!” que también
fue escrito por ella.
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Sublime Gracia
El autor “Sublime Gracia” sabia
de qué escribía.
Solo la gracia divina lo pudo cambiar de
un hombre duro y degenerado a un siervo útil de
Dios. John Newton perdió a su madre
piadosa cuando era niño y no siguió su
ejemplo de fe. Comenzó una vida de marinero
a los once años, y con el tiempo, se dedicó a
transportar esclavos del Africa. Cayó en
una situación desesperante debido a
los vicios, y en varias ocasiones Dios le libró milagrosamente de peligros. A pesar de ello,
Newton seguía resistiendo el
llamado del Señor. Por fin, después de casi
naufragar en una tempestad, se convirtió y
su vida cambió radicalmente. Llegó a ser
pastor, y escribió este himno como
testimonio de la asombrosa gracia de Dios demostrada en
su vida.
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Isabel G.V. de Rodríguez (1894–1975)
Una gran educadora y oradora de Montevideo,
Isabel González
Vásquez de Rodríguez sirvió fielmente
al Señor al lado de su esposo,
el pastor Gabino Rodríguez. Ellos trabajaron
en Uruguay y Argentina, donde Isabel ayudó a
establecer sociedades femeninas en
las iglesias. Enfocó su vida en la lucha
contra el alcoholismo y demás vicios.
También se esforzó por la educación
en el hogar. Escribió algunos libros y varios
himnos, entre ellos “Este templo” y “Oración
de Matrimonio”.
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Carolina Sandell Berg (1832-1903)
A los doce años Carolina se
quedó paralítica.
Los médicos la desahuciaron, pero Dios la sanó milagrosamente.
Agradecida con el Señor,
escribió sus primeros himnos, entre ellos
el “Nuestro Dios y Padre Eterno”. La
tragedia no la había abandonado. A la edad de 26
años navegaba con su padre, un fiel
pastor, en un lago de Suecia. Las olas sacudieron violentamente
la nave y su padre cayó en
las profundas aguas, ahogándose ante
los ojos atónitos de Carolina. Su consuelo
vino de nuevo por la Palabra de Dios, y lo expresó en
muchos hermosos himnos. Además,
redactó una colección anual
de poesías, devocionales e historias. Entre ellas se
halla el cuento de un reloj cuyo péndulo se quejó de
tener que oscilar 86,400 veces al
día. Una de las manecillas le sugirió que
pensara en hacer una sola oscilación en vez de
miles. El péndulo se percató de la sabiduría
del consejo y reinició su trabajo de marcapasos.
Carolina expresó esa verdad en el himno “Día
en día”, que es el más popular de los
650 himnos que escribiera la poetisa
sueca.
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Roberto C. Savage (1914-1987)
Roberto Savage sirvió como
misionero en Colombia antes de trasladarse a Quito, Ecuador.
Allí trabajó durante 25 años
en la radio HCJB como locutor, escritor, promotor
y administrador. Se le recuerda por su sonrisa y entusiasmo.
Recolectó himnos y coros, muchos
de ellos inéditos, y compiló 15
cancioneros evangélicos de la serie “Adelante
Juventud”. En estos se dieron
a conocer las composiciones de personas
como Alfredo Colom y Juan Isáis. Quizá su
obra mayor fue la publicación de himnos
de Fe y Alabanza, en 1966. Durante todo su ministerio trató de
estimular la creación de nueva música cristiana
latinoamericana. Entre los varios himnos que tradujo
al español se encuentra “Alabad al gran
Rey”.
Tradujo y/o arregló los himnos “Oh
ven, bendito Emanuel”, “Venid Pastores”, “Hoy
es Navidad”, “Grande
amor, sublime eterno”, “La
mujer samaritana”, “Jesús el buen
Pastor”, “Gloria
a tu nombre”, “Tierra
bendita y divina”, “Fue de Dios la santa
voluntad”, “Manos
cariñosas”, “Yo
vivo Señor”, “Hay una senda que el
mundo no conoce”, “Me
salvó, me perdonó”, “Canten
con alegría”, “Los que esperan en Jehová”, “Si
fui motivo de dolor”, “La
vid y los pámpanos”, “Cautívame
Señor”, “He decidido seguir a
Cristo”, “Firme
estaré”, “Después
de la tormenta”, “Nuevas alegres para decirles”,“¿
Has oído, Señor?”, “Gloria, gloria,
aleluya”, “A la victoria Jesús nos llama”, “Viene
otra vez”, “Cuán gloriosa será la
mañana”, “Más allá del sol”, “Jesús
me ama”,“
Proclamad juventud redimida” y “América
será para Cristo”. Compuso además los
himnos “Resucitó Jesús” y “Yo
quiero vencer”.
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Loores dad a Cristo el Rey
En la India un pastor viajaba en cierta
ocasión para
predicar por primera vez a una tribu
indígena. ¡Cuál no sería
su asombro al encontrarse de repente rodeado por guerreros
que le apuntaban con sus flechas y lanzas! No sabiendo
más qué hacer, abrió el
estuche de su violín y comenzó a tocar y
cantar “Loores dad a Cristo el Rey”. Al cantar
la cuarta estrofa, Robert Scott se dio cuenta que los guerreros
habían bajado sus peligrosas
armas y se acercaban amistosamente. Le recibieron en la
tribu donde pronto aceptaron también
el mensaje de salvación.
Tienen así derecho de estar un día“
con los que estarán del trono en derredor”,
de todas naciones , tribus, pueblos, y lenguas,
cantando por la eternidad a Cristo el Salvador.
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George P. Simmonds (1890-1991)
A los cuatro años, Jorge ya
cantaba himnos con gran devoción y entusiasmo. Cuando tenía
diez años sintió el llamado a
ser misionero. Conservó su amor al Señor
y por la música a lo largo
de su vida. Tan es así, que
después de cumplir los cien años de edad aún
cantaba solos en grandes reuniones, y por televisión.
Empezó su obra como misionero,
juntamente con su esposa, Nessie, en el Ecuador. Luego
exploró el área del Amazonas
y cruzó el continente. Colaboró en
la compilación de “Himnos
de la Vida Cristiana”.
También trabajó con las Sociedades
Bíblicas en varios países sudamericanos. Después
sirvió como pastor de unas iglesias
hispanas en los Estados Unidos de América.
Fue un prolifero traductor de 800 himnos y cantos corales.
Usó algunos seudónimos
como G. Paúl S. y J. Pablo Simón. Tradujo
los himnos “Al Dios de Abraham, loor”, “Jubilosos
te adoramos”, “Angeles
cantando están”, “Oh Cristo, nuestra Roca
aquí”, “Cristo cual pastor”, “Gracia
admirable”, “Dime la historia de Cristo”, “Cabeza
ensangrentada”, “Junto a la cruz de
Cristo”, “Un día”, “La tumba
le encerró”, “Al Cristo vivo sirvo”, “Oh
Verbo encarnado”,“
Años mi alma en vanidad vivió”, “Oh
Cristo, yo te amo”, “Cristo es Guía
de mi vida”, “Rey
de mi vida”, “Sale a la lucha”, “Pudiera
bien ser”, “Yo podré reconocerle”, “Honor
a
las madres” y “Tu pueblo jubiloso” y compuso
el himno “Los que somos bautizados”.
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Enrique S. Turrall (1867-1953)
Desde el comienzo de su ministerio
en España, don
Enrique se dio cuenta de la gran necesidad
de tener himnos que expresaran las experiencias emocionales
de la vida, tales como el arrepentimiento,
el gozo, los conflictos y el amor. Escribió y tradujo himnos
para funerales, bodas y otras ocasiones especiales. La
colección aumentó hasta merecerse
ser publicada como el himnario, Cánticos
Evangélicos. Además de sus himnos,
Turrall nos ha dejado el reto de llenar vacíos
con música nueva que glorifique al
Señor. Compuso los himnos “La
Palabra del Señor predicar”, “Del
amor divino”, “Engrandecido
sea Dios” y “Bienvenido” y tradujo los
himnos “Nuestra vida acabará”, “Jehová es
mi Pastor”, “Siempre conmigo
está”, “Avívanos,
Señor”, “En las aguas de la muerte”, “¡A
combatir!”, “¡Adelante
con valor!”, “¿Soy
yo soldado de Jesús?”.
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Berta Westrup de Velasco (1883-1959)
Las dulces voces de las hermanas en
la fe cantan, “Las
mujeres cristianas trabajan”. Muchas
sociedades femeniles agradecen a la hermana Berta la letra
de su himno lema, que habla del trabajo
tenaz como expresión de la fe. Ella
dedicó su vida a la docencia, con magníficos
resultados. Centenares de niños estudiaron
en su escuela en San Simón México
D.F., y los padres de familia asistieron a sus
reuniones de orientación para mejorar el hogar. Los
alumnos disfrutaron de clases interesantes cultivaron parcelas,
participaron en dramas con moralejas,
aprendieron a hacer pozos artesianos y otras cosas prácticas. Doña
Berta fue muy respetada, y una calle en Monterrey fue nombrada
en honor a ella. Recientemente se
ha publicado un libro acerca de la familia Velasco Westrup.
Entre ellos hubo varios autores de
himnos, como también
educadores y pastores, incluyendo al
esposo de doña Berta. Se les recuerda por su deseo
de comunicar el amor de Cristo sin
contemplar las barreras sociales.
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Epigmenio Velasco Urda (1880-1940)
La música formó parte
de la vida de Epigmenio desde la niñez, ya que tocaba
en la estudiantina de la familia.
Fue muy conocido en la Ciudad de México como director
de coros, tan es así, que sus
amigos le llamaban: “El
campeón de los coros”. Trabajó como educador,
pastor, poeta, compositor y periodista, pero su mayor gozo
fue entusiasmar a los grupos corales
en su alabanza a Dios. Tradujo, entre otros, el himno Me
guía él y compuso el himno “Nuestra fortaleza”.
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Tomas M. Westrup (1837-1909)
Hace más de un siglo la familia
Westrup salió de
Londres y se radicó en México, cuando
Tomás cumplía apenas quince años.
Construyeron un molino para elaborar harina
de pan; pero hoy se recuerdan porque llegaron a conocer el “pan
espiritual” de que habla Cristo
en Mateo 4:4. En Monterrey entendieron el mensaje de la Biblia,
y pronto cada uno pudo testificar: “Ya
pertenezco sólo
a ti, Cordero de Dios, heme aquí”. Son
las palabras del himno “Tal como soy”, que
Tomás tradujo del inglés. Tanto él como
su hijo, Enrique, fueron usados por Dios para escribir y
traducir centenares de
himnos. Consiguieron una imprenta y publicaron libros, tratados
y un himnario de tres volúmenes:
Incienso Cristiano. Tradujo los himnos “Cariñoso
Salvador”, “Loores
dad a Cristo el Rey”, “Con voz
benigna”, “Fuente
de la vida eterna”, “Tentado
no cedas”, “No te dé temor”, “Roca
de la eternidad” y compuso la letra
del himno “Dicha
grande es la del hombre”.
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